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THAIPUSAM - MALASIA

Entrada la noche y a tan sólo 14 kilómetros de la cosmopolita capital malaya Kuala Lumpur, se encuentran las cuevas de Batu. Cada año se celebra el festival conocido como Thaipusam. Se trata de la festividad hindú más importante del año y siempre cae entre finales de enero y principios de febrero. Su origen nos lleva al Estado indio de Tamil Nadu donde muchos indios fueron llevados durante la época colonial británica a Malasia con el objetivo de trabajar en las plantaciones de caucho. Su dios venerado se llama Murugan, es el Dios de la Guerra e hijo de Shiva. Como en muchas celebraciones hindúes los peregrinos rasuran sus cabezas como muestra de sumisión, realizan abluciones, permanecen en ayuno durante días y practican ofrendas a modo de penitencia. En este caso hombres y mujeres llevan cuidadosamente sobre sus cabezas cántaros de leche que serán ofrecidos como señal de veneración tras superar los 272 escalones finales que nos transportan a la entrada del Templo de Murugan.

Pero la característica del Thaipusam por excelencia es el ofrecimiento y la penitencia hacia su dios en forma de dolor físico. Sus rostros son perforados por agujas de diferentes diámetros, sobre las espaldas cuelgan anzuelos rematados con flores y frutas como limones o naranjas. También pueden verse suspendidos de la piel pequeños recipientes llamados “kinnam” rellenos de leche que serán entregados al final de su camino. Los devotos más radicales además de autoinflingirse dichos sacrificios corporales llevan acoplado a su cuerpo el llamado “kavadi” que consiste en un armazón metálico adornado con plumas de pavo real, paraguas de terciopelo o flores, dependiendo del diseñador. Su peso es de 70 kilogramos y recae en la cintura principalmente. Para equilibrarlo va clavado de unas anillas perforadas directamente sobre su pecho, espalda y brazos. Todo ello sin derramar una gota de sangre. El estado de trance es tan bestial y profundo que son capaces hasta de danzar con los propios kavadis al ritmo de la percusión, los cantos y el olor a incienso que no cesan durante todo el ritual. Sus rostros desencajados, con los ojos desorbitados y babeando por la boca son los síntomas visuales de semejante esfuerzo más allá de lo humano. Todo termina cuando son extraídos todos los abalorios colgantes y su piel es bañada con harina de arroz a modo de alivio. Entonces se dirigen hacia su gurú, conversan unos instantes e ingieren una pastilla de “soodam”. Súbitamente caen al suelo fulminados y en shock. Agotados de todo el ciclo del trance, necesitan ser asistidos por sus familiares durante 10 o 15 minutos en reposo.

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