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CARAVANAS DEL DANAKIL - ETIOPÍA

La sal es el único recurso natural que hallamos en la llamada Depresión del Danakil, un desierto pétreo situado al NE de Etiopía. Allí se encuentran infinitos depósitos salinos a orillas del Lago Assal que son explotados desde hace siglos por los habitantes de la región conocidos como etnia danakil o affar. Se trata de un desierto sometido a elevadísimas temperaturas, situado por debajo del nivel del mar, hasta 115 metros, uno de los puntos más calientes de la Tierra donde las condiciones de trabajo llegan a los límites del ser humano.

Cada día y de madrugada los mineros de la sal parten hacia el horno, el salar. Todos ellos viven en Hammed Ale, el último pueblo o campamento habitable antes de entrar en ese océano de soledad de volcanes activos y calor letal. Su trabajo consiste en sacar grandes placas de sal con la ayuda de unos largos palos, con los que haciendo palanca logran desprender la sal de la base. Un método primitivo pero práctico. Luego con la ayuda de un hacha afilada se parte en trozos más pequeños de 1 metro de diámetro. A partir de aquí el trabajo queda destinado a los talladores que son los encargados de elaborar los “ladrillos de sal“. Se trata de piezas rectangulares perfectas y simétricas con un peso entre 12-15 Kilogramos por pieza.

Para entonces han llegado las caravanas de camellos que llevan una semana de viaje desde que partieron de sus pueblos cercanos a Mekelle, capital de la región de Tigray. La única forma de transportar la sal es con la ayuda de los camellos, animales extremadamente duros y adaptados al medio, pero que requieren un buen cuidado y conocimiento, ya que de no ser así resultan frágiles. Las caravanas pueden alcanzar hasta un número de 800/1000 camellos y 400 burros diariamente. Caminan de un modo constante, sin variar el ritmo, formando una fila de hasta 2 Kilómetros, unidos entre ellos con una cuerda y acompañados de sus cuidadores. Las cargas varían entre 200-240 Kgs por animal y son colocadas con esmero y detalle para su transporte.

Al acabar cada jornada, los ladrillos de sal son liberados de los camellos y éstos se dedican a comer, beber y reponer fuerzas. La compenetración entre las caravanas de camellos y los mineros de la sal es perfecta, manteniéndose en armonía para poder explotar un recurso natural que significa una forma de vida.

El destino final de la sal es ser vendida en los mercados de Mekelle y la capital de Etiopía, Addis Ababa.